A la tercera va la vencida, nos ha costado tres intentos en el sorteo para las inscripciones y por fin tenemos dorsal para esta marcha. La buena experiencia del año anterior ha propiciado que se incremente el número de participantes, catorce este año, los que estamos en la foto que acompaña estas líneas además de Trini, Jesús y Miguel Ángel que no han podido posar para esta crónica.

 

El viaje de ida, cómodo porque se realiza casi todo por autovía y sin incidencias reseñables, lo hemos realizado la mayoría de nosotros el jueves para poder salir en bici un rato durante el viernes y estar más “descansados” el sábado, pero el hombre propone y las circunstancias disponen. El hotel reservado hace ya meses está en el centro, muy en el centro de la localidad Jaca, en un entorno precioso y muy animado, en un bonito edificio que puede satisfacer todas las necesidades de un viajero  del siglo XIX. Está enclavado en una pequeña y coqueta plaza en la que hay dos bares con sus respectivas y agradables terrazas en las que se mantienen tertulias hasta altas horas de la madrugada, lo sabemos bien porque el hotel dispone de radiadores para la calefacción que si funcionan (no hemos necesitado comprobarlo), seguramente son muy útiles en invierno, pero en este fin de semana con temperaturas de más, bastante más de 30 grados, nos hemos acordado de unos aparatos muy habituales en buena parte del país pero desconocidos en Jaca. Se trata de un electrodoméstico que conectado a la red eléctrica, es capaz de enviar un flujo de aire frío que refresca las estancias y las hace habitables. En ausencia de este añorado aparato hemos tenido que recurrir a la ventilación por medios naturales abriendo las ventanas, y ha sido así como hemos sabido de esas largas tertulias antes mencionadas, que no acertábamos a entenderlas pero que las oíamos en atronador barullo. El horario de descanso ha estado limitado de 03:00 h. a 06:00 h. siempre y cuando hubiera suerte con las moscas, grandes y abundantes todo el fin de semana.

 

Para el día de la marcha no hacen falta despertadores, a las cinco de la mañana estamos desayunando, hay que salir pronto para evitar atascos en el desplazamiento hasta Sabiñanigo y tenemos suerte, un motorista de la organización ha tenido la amabilidad de abrirnos paso en la autovía y llegamos a la línea de salida en menos que canta un gallo. Quince minutos después que el primero hemos pasado por el arco de salida para afrontar un reto para el que hemos entrenado durante meses. Salida rápida propiciada por los grandes grupos que se van formando y Somport, el primer puerto llega muy pronto, se corona en el kilómetro 48 y no tiene prácticamente dificultades. Una larga bajada nos lleva al pie del segundo puerto de la jornada, el Marie Blanque, este sí  es un puerto reconocido como uno de los grandes del Tour de Francia. Marie Asserquette, la doncella que da nombre a este puerto por su piel tan blanca vivió en una época con temperaturas más benignas de las que hemos sufrido hoy, de lo contrario habría llegado a la cita de este puerto tan morena (tirando a quemada) como hemos llegado nosotros. Toda la ascensión con el sol en la cara ha añadido un punto de dureza que francamente, no había necesidad de incrementar.

 

Una breve transición tras la bajada del Marie Blanc da paso a la última gran dificultad de la jornada, el Col del Portalet, un puerto de enorme longitud que la mayoría de nosotros  ha necesitado dos horas para llegar a su cima. Desde aquí una larguísima bajada hasta la meta sólo interrumpida por La Hoz de Jaca, dos kilómetros difíciles que provocan una sensación de euforia cuando se corona y “sentimos” cerca la línea de meta. Cuando la cruzamos y nos dirigimos al espacio habilitado para la comida de los participantes me embarga la misma sensación que he tenido en todos los avituallamientos de ésta marcha, la sensación de que al organizador tiene un interés escaso tirando a nulo por atendernos como merece nuestro esfuerzo y nuestro dinero. Los avituallamientos estaban presididos por una sensación de caos absoluto porque no están dimensionados para la cantidad de ciclistas que participamos, para llegar hasta el tenderete hay que dejar las bicicletas en el suelo y encontrarla después de llenar el bidón es tarea difícil. Yo he usado el truco de medir la altura de la hierba donde he dejado la bicicleta, pero no me ha dado resultado, los muchos kilómetros de hierba que había en el entorno eran todos de una altura muy parecida. Y que puedo decir de la paella con la que nos han obsequiado en la meta, en una carpa que alcanzaba una temperatura que los termómetros normales no son capaces de indicar, pues que es la prueba irrefutable de que el ser humano, en condiciones de necesidad, es capaz de sobrevivir aún en las condiciones más duras ingiriendo cualquier cosa, sea o no comestible.

 

La enorme satisfacción que provoca en nosotros finalizar una marcha como esta viene motivada por la buena disposición de los participantes y en nuestro caso particular, por el buen ambiente que ha reinado entre nosotros estos cuatro días de convivencia en la que nos prometemos amor eterno.

 

Ha llegado la hora del regreso y hemos ido saliendo de manera escalonada, veinticuatro personas contando a los familiares que nos han acompañado es demasiada gente para que podamos ir todos juntos. Ninguna incidencia en el camino salvo que algunos han encontrado esta marcha demasiado fácil y se han dedicado durante el viaje de vuelta a comer bocadillos de jamón y para estilizar la figura, a realizar ejercicios abdominales en posición de “en cuclillas”, y es que hay algunos que…