Es la primera vez que afronto esta distancia y después de haberla completado comprendo un poco más a los apasionados de la larga distancia.
Las cinco de la mañana es una hora inhóspita para montar en bicicleta en esta época del año, hace un frío considerable que ha ido a más durante las dos primeras horas, hasta que el amanecer nos ha brindado 0,5 grados negativos heladores, y probablemente son estas las circunstancias que nos permiten empezar a entender porqué la larga distancia tiene cada vez más adeptos. Las primeras luces, el resplandor rojizo que anuncia los primeros rayos de sol nos sorprende en plena naturaleza. Las sensaciones, los colores, las emociones se potencian en un entorno natural con el que el ser humano está íntimamente vinculado.
Cuando montamos en bicicleta, vemos el paisaje con otros ojos, podemos fijarnos en infinidad de detalles que pasan desapercibidos en otras circunstancias, el paisaje sobrecogedor de alta montaña que predomina desde María hasta la Puebla de Don Fadrique, el espectacular entorno del embalse Alfonso XIII que ayer se encontraba a rebosar…
Y los compañeros de ruta, que dejo para el final porque son lo más importante. Parece que sólo en la larga distancia es posible encontrar a las personas dispuestas a pasar muchas horas con otras personas a las que unos minutos antes no conocían y prestarle la ayuda que puedan necesitar. Es definitivamente, un ambiente en el que se puede sentir el calor humano.
Gracias a todos los que habéis participado en el Brevet 400 del Club Ciclista La Purísima, a los que no quiero mencionar por su nombre para no discriminar a ninguno. Tengo sin embargo que hacer una excepción con José Fernández Ortega, que durante 200 km. ha soportado un dolor de rodilla que finalmente le ha impedido terminar cuando el fin estaba casi a la vista, y todo ello sin una queja, sin un lamento.
Enhorabuena.

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